Pacifica mi imaginación, Señor

>> viernes, febrero 10, 2006



La imaginación que Dios nos ha regalado puede permitirnos ser creativos, inventar cosas nuevas, encontrar soluciones; es fuente de ocurrencias felices y oportunas.

Pero esa misma imaginación puede volvernos trastornados, porque cuando miles de imágenes comienzan a dar vueltas, alocada y desordenadamente en nuestro interior, eso no nos brinda felicidad sino que nos perturba, nos impide reflexionar serenamente, no nos deja estar atentos a lo que tenemos que hacer, no nos permite gozar de un encuentro tranquilo con los demás y con la vida misma.

Además, cuando la imaginación se desborda, puede llevarnos a sufrir porque comenzamos a fantasear con situaciones de violencia o de sensualidad desenfrenada que luego nos deja triste, porque la realidad cotidiana nos exige que nos pongamos límites.

También es fuente de tristeza y de insatisfacción el detenernos a imaginar cosas que no tenemos y no podemos tener.

Por eso, a veces conviene que nos detengamos a pedirle al Señor que serene nuestra imaginación, que vuelva a colocarla en su lugar, que la ubique en su justa medida.

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